Ser gente de teatro sin morir en el intento.

Mientras buscaba la escuela indicada para estudiar actuación, recuerdo que entre los comentarios de quienes me ayudaron a conseguir información de las diferentes universidades que ofrecían esta carrera, mencionaban si los profesores estaban en activo, es decir, se encontraban ejerciendo la profesión fuera de las aulas o no. Y claro, esto no me resonaba tanto como ahora. Luego lo fui comprendiendo y sí, recuerdo que en el tiempo que estudié, me gustaba ir al teatro y ver a mis maestros en escena, porque era una manera de comprobar en su práctica lo que a mí me enseñaban en clase.

Mucho tiempo después, ya con una carrera teatral y metidísima en la docencia hasta la médula, ha surgido una inquietud y, a veces, preocupación por parte de los colegas con los que trabajo en la docencia, pues muchos de nuestros estudiantes, desde antes de salir de la carrera ya están en activo. Esto a quienes contamos con experiencia de años, nos ha llevado a reflexionar, ¿por qué los jóvenes quieren estudiar la carrera en teatro, si ya están haciendo teatro? Como profesores lo que nos preocupa es la ausencia de lxs estudiantes en el aula, su cansancio por las desveladas ocasionadas por ensayos hasta altas horas de la noche, que por supuesto los deja exhaustos para hacer clase por las mañanas. Se entiende que quizás algunxs de ellxs más adelante están también interesados en dar clases y allí sí que van a requerir de un título profesional, otros desean viajar al extranjero para hacer algún posgrado o especialidad y claro que tener estudios universitarios ayuda. Pero los que no quieren nada de esto y solo esperan pararse en un escenario, ¿para qué pasar cuatro años de la vida dentro de un salón de clase? Las respuestas que vienen al respecto pueden ser muy variadas, pero creo que una de ellas está relacionada con la idea de “atajar” ciertos aspectos que solo se adquieren a través de la experiencia. Hasta cierto punto lo entiendo y, sin embargo, me parece que por más experiencia no siempre se alcanza la madurez. Esa solo los años y los errores la pueden dar.

Toda esta introducción la doy porque dentro de mis propias preocupaciones e inquietudes está la de mi propia práctica. Durante años pude sostener de manera paralela el ejercicio de la actuación con el de la docencia, pero conforme han ido pasando los años, la vida me ha lleva por rumbos como la administración académico-administrativa. Luego, con la conclusión de mis estudios de posgrado vino una plaza como profesora de tiempo completo. Ha implicado que mi trabajo se concentre en un solo lugar: la universidad. Además, ya no tengo la misma energía, entonces, aplico el dicho de, “menos es más”. También es verdad que no puedo postular a algunas convocatorias para producir mi trabajo artístico al ser considerada funcionario con un sueldo fijo y del gobierno del estado. Son cosas que de pronto no alcanzo a entender, pero la lógica de las instituciones es que, si tengo un salario regular y con prestaciones, hay que dar oportunidad a que otros obtengan la oportunidad de producir y ganarse la vida con apoyos que se generan gracias a los impuestos recaudados por la ciudadanía, entre las cuales me encuentro yo. A veces, me he sentido como en un impasse y para salir de este, me ha tomado tiempo asumir que, si bien mi trabajo se concentra dentro del ámbito universitario, esto no tiene por qué hacerme sentir copada, sino al contrario. Para quienes se dedican al arte, bien saben que muchas veces para visibilizar nuestro trabajo tenemos que ser nuestro propio agente, publicista, relacionista público, gestor, productor, etc. Pienso que, al menos estando dentro del ámbito universitario ya no tengo por qué preocuparme de eso, ni de otras cosas más como la búsqueda de espacios de entrenamiento, salones de ensayo, hay que agregar la de actores y pago por su trabajo. Por nada de eso tengo que preocuparme ahora. La ventaja de estar en una universidad es que continúo haciendo teatro no solo desde la práctica artística, sino también desde la docencia. Eso me lo hizo ver un amigo muy querido y se lo agradezco porque, si un estigma tenía, es que por no estar en los escenarios o en la cartelera de la dirección de cultura del ayuntamiento o de la secretaría de cultura, ya no estaba haciendo nada. ¡Qué equivocada estaba!

Quizás en términos económicos no tengo el salario que mereciera tener tan solo por todas las responsabilidades que implica estar cuarenta horas a la semana dentro de la institución, pero puedo ver sus ventajas y me quedo con ello.

Pero seguiré buscando la mejora de mi sueldo.

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Erosvertida y el encuentro con la voz propia.