La voz arraigada
El otro día una colega me envió una charla donde una foniatra hablaba de los cambios en la voz durante la menopausia y me puse a reflexionar sobre cómo sonaba mi voz hace treinta años atrás. Recuerdo que, en la carrera de actuación, mi maestra de Educación de la voz hablada (Ana María Muñoz), nos ponía a analizar nuestras voces. Nos hablaba sobre los armónicos, el fundamental, ritmo orgánico, cierre vocal, etcétera. Algún tiempo conservé la grabación que había hecho para aquel ejercicio y luego de un tiempo lo volví a escuchar causándome extrañamiento. Lo que más me llamó la atención es que hablaba muy rápido, sin darme demasiadas pausas. Creo que fue una impresión sobre todo psicoemocional porque pude notar que el tono de mi voz era medio con armónicos en la cabeza, cierre vocal completo y cómo mis expresiones eran de una certeza contundente. Sufría de lo que algunos llaman: exceso de juventud. Volviendo al asunto de los cambios en la voz a través de las distintas etapas de la vida. Como parte de mi desempeño actoral, he cantado en distintos proyectos escénicos y mi rango vocal había sido el de mezzosoprano. Pero años más tarde, participé en un grupo coral femenino llamado Voces claras de Yucatán, y cuando la directora me hizo algunas pruebas para escuchar cuál era mi registro, inmediatamente me colocó con las contraltos. No lo podía creer, hasta le aclaré que sí podía llegar a tonos más agudos, pero ella, conocedora de su trabajo, me dejó donde había considerado. Realmente no se equivocó, pues el hecho de que pudiera alcanzar todavía ciertas notas, pude ver cómo mi voz se acomodaba mejor en los bajos. En el transcurrir del tiempo la transformación ha sido tan gradual que solo hasta ahora puedo darme cuenta cómo se ha ido modificando mi estructura física y, por tanto, la vocal. Y cuando hablo de cambios me refiero a los que están a la vista, así como los fisiológicos: las cuerdas vocales reducen su elasticidad, se pierde la lubricación de las mismas, el registro baja. Por lo general, y aquí hablo desde mi experiencia, se pierde velocidad, me he vuelto más lenta, pero he ganado precisión o debería decir la cordura para el qué y cómo decir. Si me comparo con un árbol, ahora puedo ver que éste tiene raíces que se arraigan con más fuerza a la tierra, también tiene otras que se han formado en sus ramas y cuelgan en la superficie mostrando la vida, el paso del tiempo… La madurez.
Así que hablar acerca de una voz con arraigo, es quizás una reflexión ontológica, que no pretende demostrar con hechos científicos cómo el desgaste del tiempo atraviesa el cuerpo (el cuerpo es voz), sino más bien, una divagación sobre la experiencia vital que deja su huella en la voz y lo que decimos, tanto en la vida, como en el teatro.
Según el Diccionario del español de México, “arraigado”, que viene de arraigar o arraigarse. Es un adjetivo,
1 Que tiene raíces o se halla firmemente unido a algo: un amate arraigado a un muro.
2 Que se ha establecido de forma permanente en algún lugar: los españoles arraigados en México.
3 Que es difícil de cambiar, extirpar o destruir: un sentido arraigado de solidaridad, un vicio arraigado, unas costumbres muy arraigadas, “Su esfuerzo es el de elevarse, desde unos hábitos tan arraigados que pueden ser asfixiantes, hasta una nueva mirada”.
III
adj. (Der) Que sufre o padece arraigo
arraigado | Diccionario del español de México
En este caso, me voy a quedar con la primera descripción que menciona que “es algo que tiene raíces o se halla firmemente unido a algo.” En la formación actoral una de las primeras expectativas que se tienen es la de poder proyectar, otros hablan sobre permitir que la voz ocupe el espacio o expandir la voz en el espacio. Como quiera que esto sea, se entiende que lo que se espera es que se desarrolle el instrumento vocal para que se escuche y se adapte la intensidad del sonido a las dimensiones del lugar donde se va a trabajar. Para ello se realizan innumerables ejercicios que van desde el desarrollo de la propiocepción para conocer el cuerpo y su funcionamiento. Aprender a respirar, tener una buena postura corporal que promueva un trabajo armónico entre el cuerpo, respiración y finalmente la voz. Sin embargo, es muy común que a pesar de que pueda llevarse un entrenamiento adecuado para tener un dominio sobre el instrumento vocal, no se logre tener una buena ejecución actoralmente. Cuántas veces no hemos escuchado al profesor de actuación reprochar al docente de voz que al estudiante no se le oye. Aquí hay que evaluar varios aspectos de orden técnico. El primero tendría que ser que, al estar en un proceso de iniciación, los conocimientos y habilidades están aún siendo procesados. Asimismo, habría que hablar de si las instrucciones han sido dadas con claridad y si el estudiante las ha entendido tal y como el docente espera. Finalmente, si se ha realizado un análisis de texto exhaustivo. Si a todo esto se responde afirmativamente, entonces, la situación no es tan fácil de responder y es por esto que decidí hablar sobre la voz arraigada porque años atrás para mí el asunto radicaba en machacar de manera rigurosa en la técnica respiratoria, de articulación de la palabra, en la lectura en voz alta y en estar atenta a los ensayos grupales para dar notas a los actores sobre su desempeño. Cosa que está muy bien, pero que ya no me basta como artista y profesora. Ahora mi postura es llevar el trabajo más allá. Es decir, permitir que los jóvenes puedan encontrar su voz, esa que suena y hace vibrar su espacio vital, pero también aquella inasible, la cual podríamos decir que se reconoce cuando uno se hace consciente de sí mismo de ese “soy yo y mis circunstancias”.
[…] adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya excavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Sí debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. (Rilke, 2008, pág. 8).
Este es un fragmento de Rilke en su famoso libro “Cartas a un joven poeta”, donde en aquella primera epístola el escritor consagrado se dirige a un incipiente poeta que le ha dado a leer sus escritos y en vista de la inquietud del joven por tener la aprobación externa, Rilke le aconseja mirar hacia dentro y con ello, a cuestionarse sobre su vocación misma. Me parece que durante la formación artística el hacernos esta pregunta es de rigor, y como de hecho sabemos durante toda la vida va a salir a flote esta pregunta porque alrededor de ello radica nuestro quehacer y cómo vamos elaborando nuestro discurso que no es otra cosa más que la voz interior haciéndose escuchar a través de cada creación. Pero, cómo pretender que un joven entre los 17 o 20 años de edad pueda hacerse semejante cuestionamiento. No es tarea fácil, mucho menos cómoda en ocasiones porque revela el lugar desde donde se inicia el recorrido artístico. Quienes nos dedicamos a la docencia sabemos que la etapa iniciática es un periodo de tiempo en el que hay que hacer una depuración de las ideas, hábitos y demás etcéteras para que los futuros actores puedan tener un cuerpo, mente y emociones disponibles en un sentido de plasticidad, de adaptabilidad y permeabilidad para el aprendizaje de todo lo que viene. En ello está implícita la voz, que buscamos suene bien y de manera auténtica. Pero cómo sonar con autenticidad. Ya he mencionado la importancia de un entrenamiento riguroso para el dominio de la técnica. También se hace preciso el juego, el encuentro con el otro y para ello un elemento fundamental es la escucha: parar la oreja. Escuchar con los ojos, sentir con el olfato, percibir con el contacto piel a piel, ver con una escucha atenta. Ya Carlos Lenkersdorf en su momento al convivir con el pueblo maya tojolabal, comprendió que aprender a escuchar se compone de dos aspectos: el escuchar y el hablar con un rigor manifiesto que implica y como el mismo pueblo concibe: yo dije, tú escuchaste. Plantea una relación dialógica entre el yo y el otro transformándola en un nosotros. Y no hay nada más desafiante para los incipientes actores que esto pues por lo regular el ego predomina en las ganas de querer actuar y ser reconocidos. Entonces, aparece otro elemento en el ámbito de formación para desbloquear esa capacidad de escucha y ponerse en función del otro y no en ese egoísta lugar de uno mismo.
El juego, como sabemos, es un elemento crucial durante toda la vida del quehacer teatral, así que en los inicios se plantea con un uso didáctico. Por un lado, permite desarrollar los conocimientos y habilidades físicas, corporales y emocionales, por otro conocer las reglas del ámbito escénico, pero la que creo más importante, es la de la libertad. ¿Qué cosa más importante que esto buscamos en los actores? La libertad de pensar, hacer, sentir y por supuesto donde va implícita la emisión de la voz.
Entre las calificaciones que suelen aplicarse al juego mencionamos la tensión. Este elemento desempeña un papel especialmente importante. Tensión quiere decir: incertidumbre, azar. […] En esta tensión se ponen a prueba las facultades del jugador: su fuerza corporal, su resistencia, su inventiva, su arrojo, su aguante y también sus fuerzas espirituales, porque, en medio de su ardor para ganar el juego, tiene que mantenerse dentro de las reglas, de los límites de lo permitido en él. (Huizinga, 2007, p. 24).
Con esta cita de Huizinga, quiero decir que además de lo mencionado anteriormente, el juego supone el descubrimiento de lo inesperado. No forzamos, no le hacemos al psicólogo (menos en los tiempos que corren), es a través de diferentes dinámicas lúdicas que se va descubriendo a un nuevo ser que va encontrando esa voz en forma de sonido y esa otra que resuena en forma de deseo y discurso poético.
No es que una clase de voz pueda darlo todo, por supuesto que es un constructo generado a través del engranaje académico de a cuerdo al Plan de Estudios propuesto por la instancia universitaria, en este caso la Universidad de las Artes de Yucatán (UNAY), así como de todo lo que ocurre alrededor de la persona, pero sí me parece que en la medida que el proceso vaya en simultáneo y además generando los canales de cruce, el estudiante va dando forma y sentido a su conocimiento y con ello al qué, cómo y desde dónde decir. Ya lo decía Freire, la educación es un acto político y esto también implica que en nuestro quehacer esté presente el desenvolvimiento del pensamiento crítico.
He visto pasar a muchas generaciones por el ámbito escolarizado para llegar a la actoralidad y me continúa asombrando la transformación de seres humanos que llegan siendo casi adolescentes y con el pasar de tan solo cuatro años, su cuerpo y voz cambian, hay otro tono muscular, otra presencia y modo de vincularse con el otro. Escucho las presentaciones de sus temas de investigación en los coloquios de y puedo constatar que la voz del artista emerge y suena segura, con arraigo pues ha aprendido a mirar hacia dentro, sin compararse con nadie. Ahora puede afirmar con un rotundo Sí, que su ser se encuentra donde desea.
Quisiera cerrar con una cita de Hebe Rosell que me parece sintetiza lo que busco en el trabajo vocal actualmente:
Dar la voz es darse abierta y enteramente. Es reencontrar el cuerpo, las entrañas, la emoción y la verdad fundamental en la búsqueda de la voz en expansión. La voz que restaura la identidad, el poder de comunicación, la proximidad, la autenticidad. La voz que recupera el instinto hospitalario, la capacidad de contener, de escuchar, de ejercer la alteridad. Una voz con la que iremos al encuentro de la emotividad, la confianza y la serenidad que son los profundos soportes anímicos de este abordaje, con el que aprenderemos a conocernos. (pág. 181 Hebe Rosell).
Esto es de vital importancia pues el teatro requiere seres humanos íntegros e integrales, con capacidades técnicas, y una consciencia psico física disciplinada.